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Don Luis
Ultimos desarrollos

4:43 PM 27/07/1999

Lo ideal sería pasarle este texto a Don Luis y a John James y Yasunari. Así por lo menos lograríamos una especie de "retroalimentación". Esa misma tarde no escribí nada. Siempre hay una buena razón para escabullirme... Pero ahora los recuerdos se me han entrecruzado, hasta me cuesta trabajo dilucidar las intenciones iniciales. Llevaba la tesis, dinero para comprarle instrumentos musicales a Héctor, odontólogo comboniano, y tenía intenciones de conversar con las autoridades municipales al respecto (más o menos). Partí por la mañana, como siempre. Llegué a Ecuador más pronto de lo normal; esperaba llegar en una semana y me demoré como tres días apenas. Ya casi no recuerdo mi llegada a Otavalo, fue casi de noche, era un viernes. ¡Ah sí! Llegué como es normal, en bus. A la salida de Ibarra nadie quiso pararme y llegué muy cercana la noche a la estación de Repsol que hay a la salida. Casi no me paran ni los buses. Pero en Otavalo, llegué a un costado del centro, no era la terminal, ni la plaza, sino un paradero unas cuatro cuadras hacia el oriente.
Me costó trabajo ubicarme al principio. Pero encontré la plaza y la iglesia de San Francisco en unos minutos. Otavalo no es muy grande que digamos, pero no tan chiquito como para conocerlo todo en dos días. Como era de noche no sabía qué hacer. Para colmo era viernes y al día siguiente no abrirían las oficinas de la alcaldía, ni de ninguna entidad pública. Eso, además de lo duro del viaje, me hacían sentir perdido. Caminé y caminé, buscando un lugar donde dormir, volví a preguntar los valores y no habían cambiado desde la última vez que estuve en el pueblo. Algo así como 15 mil una noche. Ese es el precio estándar. Pero no encontré el rincón en donde dormí la vez penúltima. Así que decidí volver a hacerlo en frente del "Señor de las Angustias de Otavalo", en el escalonzote que se encuentra justo al lado de la puerta de la iglesia principal. Ahí por lo menos no me daría muy duro el viento. Utilicé la ropa que llevaba para cubrirme por todas partes.
No debían ser más de las ocho, pero en Otavalo las noches son oscuras, y frías. Muchos se extrañaron al verme ahí, parece que no es muy usual. Soñé varias cosas, no hice caso a la recomendación interna de pararme de ahí e ir a buscar a alguien en la plaza donde se venden las artesanías. Bueno, fue ahí donde me robaron. El tipo, un otavalo bajito, grueso y musculoso, me quitó la camisa con la que estaba cubriéndome, y siguió como si nada, como si la camisa fuera suya. Yo me levanté y le grité que me la devolviera. Parece que lo hice muy amablemente, porque los tipos (lo acompañaba uno más joven y un mestizo de cara alargada) se devolvieron y el primero me devolvió la camisa y me preguntó si lo conocía o conocía a alguno de los otros dos. Yo les dije que no, que estaba recién llegado. Me dijeron que el joven necesitaba completar el dinero para irse a Ibarra, que "dejara algo". Esas últimas palabras me confundieron, no entendía eso de "dejar". Hubiera sido más fácil para mi si me hubieran pedido regalado, pero no. Entendí que querían dinero, pero el mío se había acabado con el bus. No quedaban sino unas monedas diminutas. No recuerdo si se las entregué. El joven y el mestizo carilargo me ofrecían licor de una botella que estaba destapada e iba casi a la mitad. Era obvio que el primer otavalo ya tenía sus tragos, por su manera de hablar y de caminar. Le dije que no tenía nada, si mal no estoy, y el tipo comenzó a esculcarme, todos tres repetían "deja algo, deja algo". Me encontró el pasaporte y el joven quería conformarse con que yo lo dejara. "Deja el pasaporte, por lo menos". Pero para mí era la única posesión valiosa que tenía, costaba más de 80 mil pesos, no creo que a ellos les sirviera de algo, y en cambio, a mí, me representaría quedar del todo indocumentado [como ya saben, no tenía ni la cédula ni la libreta militar, estos son los días en que todavía no los tengo]. El tipo descubrió que yo estaba sentado sobre un maletín. Yo me había cruzado la tiranta por la cintura, para prevenir que me sucediera lo mismo de la otra vez, en donde unos jovenzuelos, chavales o lo que fueran, me arrebataron el maletín y se fueron corriendo. Pero ellos vieron que podía correr tanto como ellos y lo dejaron ahí. Después de todo, no tenía mucho de valor. Cuando el tipo intentó hacer eso, opuse resistencia, sabía que el dinero de Héctor estaba ahí. La vaina se volvió evidente, lo de valor estaba ahí. El tipo era más fuerte que yo, y con facilidad me quitaron el maletín entre los tres. A pesar de que estaba casi borracho, no le di mucha lid al primer tipo. Ahora que caigo en cuenta, mi debilidad debió ser bastante grande. Tampoco he sido un fortachón a lo largo de mi vida. El pelao (tendría unos 14 o 16 años) se terció el maletín y se dispuso a irse. Yo le reclamé y le dije que ese maletín no era mío, lo cual era cierto, era de mi sobrino. Todo lo demás que estaba adentro importaba muy poco. La tesis tal vez, pero a pesar del valor de la edición, no era mucho y yo podía bajarlo cuando quisiera de Internet. El pelao corrió y yo me fui detrás de él. El tipo y el flaco carilargo quisieron distraerme, que me quedara mientras el otro se iba. Pero me sacudí sus manos y fui detrás del muchacho. Los otros dos seguían tratando de sujetarme. Pero cerca a las escaleras del andén que conduce a la iglesia, el tipo acertó a hacerme zancadilla y no sé cómo hice para no caerme con los zapatos que me quedaban grandes ya, pero corrí y pude ver que el muchacho casi llegaba a la esquina, girando hacia la izquierda. Le gritaba "¡Hey, volvé, no te lo robés, que eso no es mío!", quería que me oyeran para que siquiera alguien me ayudara. El tipo captó la intención y comenzó a gritar que no le fuera a pegar, que "él todavía era guagua". Yo lo miré con escepticismo, era obvio que quería distraer a cualquiera que oyera, y mi intención no era golpearlo, por evidente que pareciera y por natural que fuera una respuesta así. Yo sólo quería que me devolviera el maletín, como la otra vez. Logré seguir zafándome del tipo y volteé la esquina y vi que el muchacho estaba bajando la cortina de hierro de un local. El flaco por fin dijo algo "dejalo, dejalo", como disculpando al muchacho. Al principio, cuando los tres pasaron, me pareció escuchar que el bajito estaba instruyendo al muchacho para "conseguir" algo. Era obvio que el pelao era muy ingenuo, el flaco era inofensivo y ahí el ladrón era el grueso. Era el que hacía todo lo posible para que el robo se consolidara. Al voltear la esquina y ver que había descubierto al pelao, se vio más enojado, como que no esperaba que yo fuera constante y me amenazó con la botella. No me gustaba ni cinco la idea de un golpe con algo así, pero igual, el maletín (y la plata) seguían siendo ajenos. Sólo la ropa que iba adentro era mía. El tipo vió como que ser agresivo le daba mejor resultado, así que se hizo el más enojado todavía y rompió la botella contra el cordón del andén y me amenazó con el pico. Ahí me dí por vencido. El maletín y el dinero no valían una puñalada o una cortada con un pico. Los dejé ir. Pensé que después podría revisar el local, pero era de noche y hacía frío. Los tres se perdieron. Ahí donde estaba, se iniciaba la plaza de mercado. Demasiado tarde descubrí que la mayoría de los indigentes dormían ahí, bajo el abrigo de un techo más amplio. Ahí también les daba menos el viento. Pero, claro, no dejaba de ser igual de peligroso. Me sentí anonadado. Estaba con la camisa que había querido proteger al principio y sin lo que era de verdadero valor. Ahora ya no tendría ni siquiera con que cubrirme si el frío se hacía terrible. Quería dormir, pero toda esa actividad me había espabilado. Debí haber hecho caso a los primeros llamados de sacudirme el sueño e ir a buscar ayuda a la plaza. No lo hice, me pegué de la más tonta de las posesiones, y a lo último me quedé sin lo que no era mío. Me consolé con el hecho de que esta vez sí tenía un saco para protegerme del frío. Tampoco era mío, pero ni siquiera habían pretendido quitármelo. Ahí quedó la cosa. Al día siguiente el local ni siquiera era de un otavalo y el tipo, como cosa rara, no sabía nada de los otros tres ni de ningún maletín. A pesar de que no había perdido de vista la única entrada, habían sabido engañarme. Les busqué en la plaza e igual no los encontré. Me resigné a mi propia estupidez, y decidí hacer lo que había venido a hacer. Como era sábado, había más vendedores de artesanías de lo normal, así que pregunté por el valor de la quena y la zampoña que había venido a comprar. Habría alcanzado por unos bien finos, de un valor casi preciso al que me había dado Héctor. Encontré antes unos más baratos pero más rústicos. El tipo que encontré me dijo que lo encontraría en el mismo lugar todos los sábados, y si no, por ahí cerca. Entré por fin a la librería en donde había visto los libros sobre los otavalo y otros textos sobre indígenas, y descubrí que todos los que me interesaban eran de "editorial Abya Yala". Había encontrado la organización que necesitaba, era la precisa. Tenía presencia en Internet y todos los títulos que me interesaban (diccionarios quichua, textos sobre migraciones indígenas a la ciudad, cartillas sobre los desarrollos legislativos al respecto en Ecuador) eran de ellos. Había otro, muy interesante sobre la evangelización de las culturas indígenas, escrito por una bautista. Recuerdo que respondía a la pregunta "¿por qué los grupos indígenas tratan la religión católica de la misma manera como lo hacían con sus religiones precolombinas?", decía que lo que tenía en sus sincretismo era más similar a lo anterior que lo que se dictaba en los seminarios. Preguntaba también "¿por qué a pesar de los 500 años de evangelización aún no conocen las estructuras básicas de la espiritualidad cristiana?" y decía que daba pistas acerca de los caminos correctos hacia una verdadera y esta vez primera evangelización. Me daba la espina de que terminara siendo un pasquín bautista, pero lo ojeé y me pareció aún más serio de lo que me imaginaba. Hasta podría llamarse "objetivo". La vaina es que se me olvidó el editorial. Encontré otros más que hacían referencia a los indígenas, pero esta vez los de la zona amazónica. Pregunté al vendedor dónde podía ponerme en contacto con Abya Yala en Otavalo, ya que era obvio que los conseguiría, pero en Quito. Me dijo que "contactara al FISI", que era la organización indígena de los otavalos y me indicó como llegar a ellos. Encontré su "oficina" después de mucho preguntar, pero era una puerta de algo que parecía ser un taller o un almacén, con sólo una pequeña porción entechada. Había gente, otavalos, conversando afuera. Ellos me dijeron que sí, que ahí era, pero que no atendían los sábados y que tenía que esperar hasta el martes, porque el lunes era festivo, sabrá Dios de qué. Quise entrar, pero no les gustó la idea, "¿para qué, si no hay nadie?". Las intenciones de curiosear se volvían sospechosas, así que no insistí. La que me habló fue una mujer. ¿Por qué será que siempre que llega uno a preguntar, es a ellas a quienes encuentra? Me di cuenta de que había llegado en un mal día para hacer ese tipo de averiguaciones. Se me ocurrió que podría ir a Peguche, a preguntar por el contacto que hice el otro viaje, el indígena que tenía un telar. Pero le había dicho que si volvía era para grabarlo y no podía llegar con las manos vacías. El señor lo que quería era vender o salir en televisión, y esta vez yo no podía hacer nada para realizar sus dos intenciones. Decidí que iba a bañarme en las lagunas "huaringas", como creía y todavía supongo, son las lagunas "del norte del Tauntinsuyu", pero creo que quedan en Perú. Es decir, todavía no sé a ciencia cierta dónde es que quedan y cuáles son. Hasta podrían quedar en Colombia, o en la selva amazónica. Pero creo que están en los Andes y bien arriba. Así que decidí ir a bañarme en la laguna más cercana, para siquiera acercarme sólo en eso a los médicos itinerantes indígenas. Pregunté y me dijeron que había dos, pero la más cercana era la de Mojandas. Había una, un poquito más lejos si se cuentan los kilómetros, pero al lado de la Panamericana. Como no lo sabía en ese entonces, decidí muy confiado dirigirme hacia Mojandas. Apenas avancé unas cuadras, descubrí que la calle ya no era pavimentada e iba montaña arriba. Tragué saliva y comprobé el tiempo. Pregunté si "allá arriba" había donde quedarse, y me dijeron que sí, pero los ecuatorianos, en su afán de promover su turismo, me consideraron un turista con plata. Había un lugar, claro, pero había que pagarlo. Decidí ir de todos modos, para que el viaje valiera la pena. Me dijeron que eran como 14 kilómetros y esa era una distancia que podía recorrerse dos veces fácilmente en un día. Caminé y caminé, poniéndole dedo a todo el carro que pasara, que no eran sino camionetas, y una o dos. Lo bueno es que una me llevó, pero al ratico giró por una variante y me tocó bajarme. Seguí caminando y encontré una señora otavalo que llevaba una carga grande, no mucho para ella, envuelta en su poncho, cargada en la espalda. Quería ponerle conversa, pero no sabía cómo. Por fin le saludé y le dije que iba a Mojandas. Ella preguntó de donde venía y le gustó que "anduviera paseando". Le pregunté si quería que le ayudara, pero me dijo que no, que era "muy complicado". Claro, habría tenido que prestarme su poncho y correr el riesgo de que yo saliera corriendo loma abajo con lo que era suyo. No es de genios confiar en quien no se conoce. Le conté que me robaron cuando me preguntó por qué no tenía maleta y ella me creyó y se compadeció de mí. Me daba gusto encontrar su fuerte acento indígena, le pregunté si podía enseñarme quechua y me dijo que sería muy complicado, que en el pueblo enseñaban. Como yo no tenía dinero y no estaba interesado en una escuela, me dijo que tendría que hacerlo por ahí, en las familias, en las casas que se veían por el camino. Claro, me dijo que necesitaría tiempo. Ella iba a la casa de un pariente, antes de Mojandas. Pasó una camioneta y paró. Antes habían pasado otras dos, pero no habían parado, a pesar de que la señora les había puesto la mano. El señor que me paró, lo hizo por unos segundos, más para que lo hiciera yo que para que lo hiciera ella. No supe que hacer diferente a quedarme y pedir que se detuviera, pero el tipo no oyó o no quiso. Un señor, mestizo, iba en el volco conmigo. Me dijo que todavía faltaba bastante, que iban sí, pero a un aserradero que quedaba bastante antes de Mojanda, que probablemente había 14 kilómetros, pero de donde ellos iban hasta Mojanda. Y que iba a llover. No fueron noticias muy regocijantes, pero tenía todo el día, y con el buzo sabía que podía pasar la noche. La lluvia, bueno, la lluvia era otra cosa. Le dije que ya que estaba aquí no iba a devolverme, además, me gustaba caminar. Llegamos al aserradero, que más parecía una finca cualquiera, y yo seguí. Adelante se veían las nubes grises. Caminé un resto y comenzó a chispear. Repasé mi decisión y lo indicado fue continuar. Encontré una chuspa tirada al lado del camino y la usé para cubrirme. Me sirvió de lo lindo, pues lo único que hizo fue chispear, no llovió muy duro. Ni siquiera llovió en forma. Fue como una hora o 45 minutos de chispeo, con la chuspa fue suficiente. Para gran alegría mía, llegué a un campo verde, donde las nubes se detenían; parecía que sólo hasta ahí las dejaba llegar el viento. El sol brillaba con una claridad, casi pureza, como lo hace en la alta montaña. Vi a una persona ¡la única que había visto en el camino desde el aserradero! que se acercaba hacia mí, caminaba en dirección contraria. llevaba una chaqueta plástica delgada, de color oscuro. Pensé que sería un mestizo, camino a Otavalo, venía con el capuchón bien cerrado, para protegerse del frío. Le pregunté "¿falta mucho para la laguna?" ahí se descubrió el rostro y descubrí que era una bella mujer extranjera, rubia de ojos claros. En un español muy difícil, casi monosílabos, me dijo que "no, sólo..." y con gestos me dijo que faltaban dos curvas. Me gustó encontrar una extranjera dispuesta a caminar semejante trecho, y con lluvia. Y mucho más me alegró su respuesta. Quedé con el anhelo de llegar, bañarme y regresar para alcanzarla y conversar con ella. Llegué por fin a Mojandas. Era muy hermosa. Parecía un pedazo del mar Caribe anclado en medio de las montañas; tres de ellas sobresalían, a una la rozaba una nube. Las aguas se movían con olitas creadas por el viento y era azul. ¡Azul! ¡que cambiaba de tonos, entre claro, aguamarina y oscuro. Adentro parecían adivinarse rocas, no se veía muy profunda. A mi derecha había una casa en cemento, parecía campesina. De lejos se veía que un cuarto no tenía puerta y adentro alguien había ennegrecido las paredes con candela. Al otro lado y siguiendo la carretera se veían un albergue, con tejas de arcilla. No se veía barato. Más acá un campero, Nissan, probablemente. Me acerqué a la casita y me metí en el cuarto permanentemente abierto. Ahí se sentía calorcito y el olor que deja la madera quemada. Busqué el fuego y no lo vi. Debía ser de alguna otra parte de la casa, pero el cuarto sólo tenía una puerta, por la que yo había entrado. Había algo así como un tragaluz en la pared que dejaba ver las otras habitaciones. Me asomé y vi que había otras puertas, al lado de una de ellas, metálica, se quemaban chamizos. Podía oír los movimientos de una persona, así que di la vuelta y me encontré con una ventana. Dentro un hombre joven se recostaba sobre la reja de metal y me miraba. Era como el ecuatoriano promedio: indígena, pero no mucho. Llevaba ropa que parecía ser militar, no parecía estar muy abrigado. Le pregunté si podía bañarme y después regresar a refugiarme en la casa, sobre todo si comenzaba a llover. El me miró y me dijo "sí, vaya", sin muchos rodeos. Yo me alegré y salí corriendo a bañarme a la laguna. ¡Y vaya si el agua estaba fría! Me sumergí todo, pero salí cuanto antes por temor a la hipotermia. Quería bañarme desnudo, pero como probablemente había gente mirando al otro lado, en el albergue, el pudor me pudo. Lo hice en calzoncillos. La lluvia que se inició me sirvió de excusa para salir aún más rápido. Temía que la ropa que había dejado en la orilla se me empapara, y ahí sí que hubiera sido la pulmonía. Corrí con ella en la mano, envuelta en la chuspa, semidesnudo, camino a la casa. Toqué la puerta, pero como que el tipo no estaba. Di la vuelta cuanto antes, el viento se estaba haciendo más frío, y me metí en el cuarto permanentemente abierto. Ahí estaba mucho más calientico. Me sequé con las manos lo mejor que pude (no muy mal) y me puse la ropa, dejándome sólo el pantalón y el calzoncillo mojado en la mano. Lo más difícil de secar fueron los pies sucios. Pero había vuelto a la vida, al optimismo. Mi Señor es muy grande. La hermosura del paisaje bien valía la pena el viaje, el maletín, la aventura. Era hermoso. Al ratico el agua se detuvo y volvió a salir el sol, tímidamente. Parecía que todo estaba planeado para que yo me metiera cuanto antes, y regresara cuanto antes. Recordé que en la montaña el agua viene y se va en cualquier momento. Así que tenía que aprovechar ese rayito de sol para volver a Otavalo. Salí, casi corriendo y muy contento. Antes de llegar a la carretera me encontré al joven, parecía estar quemando o recogiendo algo. Me preguntó "¿se va?" Le dije que sí, que volvía a Cali, que debía hacerlo antes de que regresara la lluvia. El asintió y siguió mirando lo suyo. Sí, parecía un militar, algo así como un joven pagando servicio. Llegué a la carretera escalando el terrenito que había descendido antes y caminé, aún con esperanzas de encontrar a la muchacha. Lastimosamente, cuando comenzó a llover, el Nissan que estaba parqueado salió a toda carrera. Tal vez fue a buscarla, porque no la encontré en todo el camino. Yo caminé y caminé, recordando por todo lo que había pasado. Me encontré una pareja de campesinos con su niño y un chivo. Me preguntaron que si faltaba mucho para llegar a la laguna. Les respondí lo mismo que me dijo la gringa: Algo más de dos curvas y ya llegan. Me preguntaron si venía a pasear, que si venía de Ibarra. Les dije que no que venía de Cali, y eso les gustó mucho. Seguí mi camino, ya con menos nubes, sin siquiera una llovizna y pude ver las montañas, el Imbabura que no mostraba su punta pero sí su tamaño, como columna de nubes. Grandioso, monstruoso, impresionante. Verde. Seguí mi camino de rocas y matas a los lados. Ahora tenía menos frío. Como me enseñó la gente de clima frío en Pitalito y Bogotá, una vez que uno se baña en agua fría, ya el clima no es lidia para uno. El sol se sentía sabroso. Me arrepentía de haber pensado en regresar sin haber llegado a la laguna. ¡De lo que me hubiera perdido! Pasó una camioneta y me llevó directo a Otavalo. Ahí atrás en el volco conversé con un señor ecuatoriano, sobre la pobreza del país y la riqueza del paisaje, de la violencia de Colombia, que ojalá se detuviera, para que también tuvieran el gusto de visitarnos y compartir nuestras bellezas. Llegué, pues, a Otavalo; volví a preguntar por los del FISI, pero no los encontré. Fue casi por deporte. Comí algo y tomé rumbo a Cali.
¡Ah, cosa memorable! Volví a encontrar la misma tienda, con la ecuatoriana bella como pocas he visto, tan amable como otavaleña. Unos ojos claros y la piel chapeadita, como la gente de montaña. Quise conversar, decirle algo, pero sólo atine a decirle que era muy bella. Ella sonrió y me dijo "gracias". Me fuí, volví a Cali. Pasé por Ibarra, el 17, con su gente negra, su clima caliente y mi afán. Quería llegar cuanto antes. Noches terribles en la montaña. Ipiales, Las Lajas, Pasto. He vuelto.
Estoy aquí y sé que es mucho lo que me he perdido. Encontré a Ismaelina postrada y ahí sigue. Reconocí que el proyecto con los combonianos era algo todavía más urgente, que pretender realizar los dos era utópico, tenía que decidir. Varias veces Oscar Campo me decía que no se podía hacer un documental uno solo. John James y Luis no hacían sino dar largas. Posposiciones eternas, negativas hasta para hacer una reunión entre los tres. Mucho hablar y nada que despega. El trabajo lo hacía todo yo, los demás participaban por los laditos. Las últimas veces había visto a los dos sin mucho ánimo, como con muchas razones para no hacerlo, para no pensarlo. Eso era suficiente para darle prioridad a un proyecto sobre el proceso de Paz, y con la Iglesia. Era mucho más cercano a Aquel en Quien Se Puede Confiar. A Aquel Que No Falla. Así que tomé la decisión: El proyecto con los combonianos tiene prioridad. Sólo faltaba decirles a los demás. Hablé con Luis y posponer el proyecto no pareció entristecerlo. Pero ya estaban cerca los días en los que tendría vacaciones. Cuando por fin encontré a John James, en el concierto de Jazz, me dijo que había visto a Don Luis y había preguntado por mí, que por qué no había vuelto. Le dije lo que había pasado, mi decisión, porque no parecía despegar. Tampoco fue para él una tragedia. Lo de Don Luis me puso a pensar. No había pensado en él. Es por eso que ahora pienso en entregarle este texto, para que él lo lea, lo piense y se dé, probablemente, un proceso que su propio grupo, el de Asoinya, pueda pensar. Si surge una iniciativa desde ellos mismos, sería mucho más saludable que todas nuestras búsquedas; o mis búsquedas. Pienso en todo lo que habíamos adelantado, a pesar de que sentía (siento) que el trabajo estaba recargado. Sigo pensando que lo más saludable es una posposición temporal, de acuerdo a como vayan las cosas. Ya el Señor decidirá, si él quiere, las cosas se quedarán como están y surgirá otra cosa. O resucitará, pero esta vez distinto. Con una participación directa, activa e indispensable, del mismo don Luis, de los mismos otavalos (quichuas).

10:57 a.m. 3/2/2000 Los desarrollos recientes fueron hace tanto tiempo... Fueron en la Mesa de la Sociedad Civil por la Paz. Ahí encontré por fin a Ary Chicangana, después de milenios de buscarlo. Le había buscado hasta en Jamundí, le había preguntado una y mil veces en los teléfonos que me dio Polo, el hijo de don Luis. En ellos me respondió dos veces una mujer con acento indígena y me dijo que él no tenía horario para llegar, que era más probable por la noche. Al fin me dí por vencido y dejé de llamarlo. Era un teléfono en Cali, si mal no estoy. No recuerdo bien, pero creo que me dijeron que no era ahí, en una de las tantas llamadas. Ya había desistido de insistir en el mismo "Llakta", le había dicho a Luis y a John James que era mejor posponerlo, tal y como lo hice en el texto anterior. Cuando por fin logré que se vieran, o mejor lo hizo El Jefe, porque fue pura coincidencia que se encontraran aquella noche en la casa de la cultura, en la noche de Jazz. Ahí más o menos les conté de mi decisión. John James me dijo que don Luis había preguntado por mí, que por qué no había vuelto. Eso me intrigó, me recordaba algo así como un compromiso no asumido. Tanta indecisión terminaría afectando al fin a un resto de gente. No era el caso de dejarlos colgados.
Luego, en la Mesa, encontré a Ary, junto a Jair y otros de Asoinya, mientras estaba conversando. Les dije del proyecto justo después de saludarles. Jair se mostró prudentemente distante, a Ary le pareció muy interesante. Dijo que podría hablar ahí mismo con los otros de Asoinya. Estábamos en las gradas del coliseo de Univalle y caminamos a buscar a los otros indígenas de ACUR y Asoinya que estaban ahí. Yo les pregunté sobre la asociación, si estaba formado el cabildo aquí en Cali. Ary y ellos me dijeron que no, que era el cabildo de Río Blanco, que tenía sus representantes aquí. Que no habían pensado en incluir a otros, pero que podría pensarse en un futuro. Jair no sabía si la asociación estaba lista para algo como un documental, pero Ary le parecía interesante porque de esa manera podían hacer unas denuncias que necesitaban hacer más adelante. Jair entonces se mostró interesado realmente. Me pareció incómodo no saber qué hacer ante su respuesta positiva, así que decidí aclarar las cosas de una vez. Le pregunté si la Asoinya era de indígenas otavalo o de vendedores ambulantes y estacionarios. Jair dijo que la asociación iba a reformularse y que dejaría de ser OINE para ser sólo Asoinya. Ahí fue que les pregunté si iba a ser sólo de otavalos y Jair me corrigió: "Quichuas". También podía ver que Ary prefería esa manera de nombrarles. El cabildo de Río Blanco estaba organizándose para algo grande, en todo el norte del Cauca, pero apenas estaban en el principio. Jair estaba tomando decisiones ahí mismo, creo que su identidad no estaba clara en ese momento. No sé como estará ahora, casi un año después. Lo que me sorprendió, casi me decepcionó, fue saber que no habían pensado en un cabildo urbano, eso no estaba en sus cabezas. Ni siquiera se les había pasado por ahí. Pero me dijeron que había gente de varios cabildos aquí y que estaban organizando a los cabildos para responder cada uno por los suyos, o algo así, pero primero había que organizarlos. Hasta ahí hablé con Ary. Después, en los descansos-esperas de la Mesa, los encontré pero no volví a hablar con él. Parecía haber tomado la distancia que desde el principio le vi a Jair. Ahora era el quindiano de Asoinya el que parecía interesarse en conversar conmigo. En ese entonces tenía el problema de decidirme por el "proyecto" con los combonianos y la pastoral afro o los "otavalos", y me estaba inclinando más por los primeros. Aún no me he definido. Ese es un hueco del tamaño de un buque y que debo resolver cuanto antes. Tiene que ver con lo que considero un trabajo y lo que no. En fin...
Lo último que sucedió, y que más me dolió, fue que Jair me llamó para que estuviera en una rueda de prensa que iba a dar un senador indígena cuyo nombre no reconocía. Iba a hablar de la situación de los indígenas en el Cauca y era una oportunidad grande para escucharlo. Jair estaba interesado en que nosotros lo grabáramos. Yo le había hablado de la cámara de John James y de la que podía prestarnos ArteVisual. Me dijo que la entrevista era para el otro día. ¡Puf! Me puso a correr, busqué a John James y como cosa rara no lo encontré. Llamé a Luis y me dijo que tenía que hablar con Ana. Ella me dijo que a mí me la soltaba pero no sólo. Yasu decía que no podía ir, si mucho llegar tarde. Me preguntó si tenía claro si podía ir acompañado, más si era a un lugar cercano a "la olla". Busqué la probabilidad de que alguien me acompañara pero no ví ninguna real y cercana. Ella estaba asustada porque recién le habían robado la cámara a John Jairo. No quería correr riesgos y yo no podía darle ninguna seguridad. Estaba, pues, con las manos vacías. Así que llamé a Yasu para explorar la lejana posibilidad de que su tío nos pudiera prestar la Handycam. El me dijo que nooo, que eso había que decirlo con tiempo, que se podía hacer, pero que si su tío se llegaba a dar cuenta de que era por donde era, no la prestaba para eso. En fin. Llamé a Jair nuevamente y le conté que no podía, le expliqué y me dijo que era una lástima, pero que fuéramos de todos modos, que lo que iba a decir el senador era importante. Mierda. Le dije que lo haría si podía y olvidé por completo que al día siguiente tenía algo que hacer. No sé, pero al fin al día siguiente me desocupé temprano, habría podido ir, pero la vergüenza de llegar tan tarde y sin nada me pudo. El mismo Yasu insistía en que de esa manera no se podía hacer algo de calidad, había que ver el sitio, considerar la luz, el audio, cosas que yo sabía se debían tener en cuenta si queríamos hacer algo digno de verse. Así que me ganó ponerme a pensar en esas consideraciones. Recuerdo que le dije a Jair todo eso en la última llamada que le hice. De verdad, si hubiera llamado un poco antes, digamos un día o dos, hubiera sido posible convencer a alguno para la cámara, o a un grupo de jóvenes o quienes fueran, de que nos acompañaran a Asoinya. Pero no fue. Como dice San Pablo: "El Espíritu de Dios no quiso". Claro, si Dios hubiera querido se hubiera dado. El caso es que nos perdimos todo el proceso de organización de las movilizaciones que se daría meses más adelante en el Cauca e iban a ser algo histórico en el país. Fue algo así como la caída de Bucaram en Ecuador sólo que en pequeño. Los indígenas bloquearon todas las vías de acceso a Popayán y el gobernador se puso de parte de ellos. Fue algo muy especial porque fue la primera vez que se consideró que los bloqueos a la Panamericana eran producto de problemas sociales profundos, no de unos cuantos indios rebotados. En fin, cosas que cualquiera que haya leído noticias, o haya tenido la intención de viajar al sur en esos días, se hubiera dado cuenta. Ahora la posibilidad de la financiación parece estar un poco más cerca con los contactos que ha establecido Yasu, pero aún así parece lejana. Implica enviar el proyecto y un sinnúmero de papeles a varias partes, sin ninguna garantía. Es ahí donde está la cuestión. Implica gastos por todas partes. Y eso no es todo. Lo principal no lo he escrito. Es algo a hablar personalmente, cada quien lo tomará a su manera. Pero no sé hasta que punto el proyecto está pensado únicamente para el beneficio personal. De ahí que no hayamos considerado a los quichua como protagonistas, en vez de como actores. Ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que no eran otavalos sino quichuas. En fin. Tenemos que QUERER acercarnos a ellos de una manera más profunda para encontrar lo que ellos necesitan que se diga, no lo que nosotros queremos decir. O por lo menos lo que podamos negociar entre todos. Pero, insisto, que la inclinación se más del lado de ellos que del nuestro. Si no ¿para qué documental? ¿un capricho artístico? La calidad no se improvisa y la quien determina no es el cliente. Es Alguien que está por encima de él.

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